¿Primeros pasos hacia la robótica en el siglo XIX? (Anécdotas de la historia)

El 19 de Julio de 1891, se publicaba un artículo de Adolfo Carrillo, titulado “La joven América”, en el semanario “La Ilustración hispano-americana”, que Carrillo escribe en primera persona y que le ocurrió cuando de manos de español bien relacionado con el Bohemia Club, acudió a una cita con un par de mujeres, previa presentación de ticket acreditativo.

La joven América.

Vive aquí un andaluz que conocí en Santander hace tres años: habla el inglés como un vecino de Regent St.. en Londres, el francés como un lechuguino del Bulevard de los Italianos, y el español como un madrileño de la calle de Alcalá. Su profesión y sus recursos me son perfectamente desconocidos: él siempre viste con refinada elegancia, frecuenta la mejor sociedad, y tiene por acreedores a los más distinguidos miembros del Bohemian Club.

— Chico — me decía ayer, quitándose los guantes—voy a presentarte esta noche a una muchacha muy guapa y muy rica. ¿Quieres venir conmigo?

Hícele algunas objeciones que él refutó con lógica más amplia que una capa aragonesa; por fin, me decidí a acompañarle, cuando me aseguró que él galantearía a la mamá, dejándome plena libertad para hacerlo yo con la hija.

— ¿Y cómo se llaman esas señoras, querido Paco?

— Mrs. y miss Doll.

Salimos a la calle: en estas noches de verano, las nieblas son tan densas en San Francisco, durante las primeras horas que suceden al crepúsculo vespertino, que solamente se ven las linternas rojas de los carruajes y trenes de cables cruzando como luces de bengala en la húmeda opacidad. Llegamos al Palacio de Cristal, nos metimos en un elevador, y raun… nos encontramos en un saloncito profusamente iluminado. Paco oprimió el resorte de una campanilla y casi instantáneamente un personaje de frac y corbata blanca apareció a la puerta, erguido como un maniquí.

— ¡Tickets! ¡tickets!

Mi amigo entregó dos cartoncillos blancos; entonces el maniquí, inclinándose respetuosamente, nos precedió al salón de recibo. Apareció éste sumergido en suave y poética claridad: la luz de una lámpara amortiguaba sus rayos en una esfera de porcelana del Japón, dejando una vasta temblorosa penumbra que convidaba al misterio, al silencio y al amor.

— ¿Y ellas?- pregunté muy quedo al andaluz.

Cual una evocación, dos damas aparecieron de improviso a nuestra vista, asidas del brazo estrechamente, andando con grave lentitud hacia nosotros. La joven vestía un traje de baile muy escotado, con un gran ramo de violetas en el nacimiento de los senos, esa conjunción de dos astros, según la expresión de Cátulo Mendes. La otra, de más edad y ataviada de negra seda, solemne y altiva, tenia en la pupila un fulgor extraño, vidrioso; se diría una hipnótica caminando al capricho de un hipnotizador.

¡Qué aspecto tan glacial de señoras!

— ¡Mrs. y miss Doll!

Las dos me tendieron la mano, simultáneamente. Cogí primero la de la una y la oprimí. ¡Qué fría! Apreté la otra. ¡Helada!

— ¿Le gusta a usted la música? me preguntó a quema ropa la encantadora miss Doll.

Y sin esperar respuesta se sentó al piano y empezó a tocar una sonata de Beethoven. Luego irguiéndose con automática rigidez, ciñome la espalda con uno de sus torneados brazos y…

—¿Usted baila? me interrumpió con lánguida mirada.

Y nos lanzamos a las primeras notas de un vals alemán: la música llegaba hasta mis oídos distintamente, como si en el adorable busto de mi compañera se juntara el geniecillo de la armonía.

—¿Se siente usted fatigada, miss Dolí?

— ¡Oh! ¡no!

Y al pronunciar esas palabras, se detuvo en la última pirueta, se levantó sobre la punta de los pies, desplomándose en mi pecho con un síncope nervioso; al mismo tiempo, el personaje que nos había introducido se presentó de improviso en la sala.

—Gentlemen: untill to-morrour! (así lo escribe en su artículo Carrillo)

Esas muñecas—¡porque ¡ay! eran unas muñecas!— son la reciente invención de Mr. Edison, en sus múltiples aplicaciones de la electricidad. Contienen un pequeño fonógrafo giratorio en el estómago, con un repertorio de 300 frases y algunas piececillas de música. No les falta más que el corazón… ¡como a las otras!… ¡He ahí una ganga para los maridos del porvenir!

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001326045&page=7&search=bohemian+club&lang=es

Si la historia es como la cuenta el tal Carrillo, parece estar claro que las muñecas parlantes que Edison sacó a la venta, para niñas, no eran iguales que estas dos, sobre todo por el tamaño. Parece ser que a estas no tenía acceso cualquiera. Las muñecas juguete de Edison eran un año más viejas que estas dos, por lo que no es de extrañar que estas estuvieran mejoradas. Ignoro si es verdad que bajo poca luz, Carrillo pudiera confundirlas con verdaderas mujeres, pero si así fuera, Edison habría avanzado mucho en un año y se habría guardado para sí, semejante acontecimiento.

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