Anécdotas de la historia: John D. Rockefeller

Aquí traigo hoy tres anécdotas sobre John D. Rockefeller, las dos primeras nos recuerdan aquel dicho, de que el rico tiene dinero a base de no gastarlo. y la última que fue publicada en El Imparcial como curiosa, parece más cómica que otra cosa.

John D. Rockefeller y esposa 1910

Contaba la revista Alrededor del Mundo el 19 de julio de 1907, que pocos años antes el Rey del Petróleo acostumbraba a almorzar en un restaurante económico de Cleveland. Un rosbif con patatas le salía al millonario por dos pesetas. Dicen que una mañana, debido tal vez a una equivocación la factura presentaba 5 centavos más de lo acostumbrado. Rockefeller torció el gesto pero sin decir una palabra los descontó de la propina que solía dar al camarero, cosa que este le afeó, a lo que el rico caballero respondió: “Si usted hubiese tirado en su vida de los realillos como hago yo, no sería hoy camarero”.

En 1913, La Correspondencia de España, sacaba a la luz otra anécdota a este respecto, que les venía a cuento tras la muerte de Pierpont Morgan, pues al parecer el y Rockefeller habían coincidido a bordo del Adriatic, cuando llegó la hora de la cuestación de los domingos a favor de las viudas y huérfanos de los marineros, el señor Morgan depositó varias monedas, algunas de ella de oro. Llegado el turno de Rockefeller este sacó su bolsa y buscó la moneda más pequeña y la depositó en la bandeja, tal acto indignó a todos los pasajeros de primera que booicotearon a Rockefeller que se encerró furioso en su camarote y se negó a pisar suelo inglés. Su hijo sí bajó y llegaron a ofrecerle 100 libras esterlinas por revelar lo sucedido, pero declinó la invitación, lo cual no pareció bien a su padre que le hizo ver que podía haber contado alguna mentira y haber cogido las cien libras.

Cierta vez el fundador de la fortuna de los Rockefeller adquirió un gran terreno en el que sabía que existía petróleo, uno de los agentes le envió una muestra del aceite mineral obtenido en las primeras excavaciones, el magnate entregó el recipiente a uno de sus criados para que lo llevara a casa del químico, pero su sirviente tenía que ver a su mujer enferma antes de cumplir las órdenes de su majestad. Dos días después recibía el resultado del análisis un asombrado Rockefeller: “Ha hecho usted un descubrimiento maravilloso que va a revolucionar al mundo entero. El producto que me envió para su análisis no es otra cosa que aceite de hígado de bacalao. ¿En dónde se encuentra el yacimiento?” Al parecer con las prisas el criado había cambiado las botellas. Lo contaba El Imparcial en 1929.

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